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El Nuevo Diario
Lunes 3 de Abril de 2000 | Managua, Nicaragua
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Lecciones históricas de la inversión extranjera en Centroamérica

Sergio Barrios*

Junto a la implementación de medidas de ajuste estructural y de estabilización económica, el recetario propuesto por el nuevo liberalismo económico también incluye a la inversión extranjera, la cual es nuevamente presentada como uno de los pilares fundamentales del desarrollo. Por ello, vale la pena analizar aunque sea de manera somera y esquemática, algunos de los aspectos relativos a la experiencia que en el pasado ha dejado entre nosotros la apertura incondicional a la inversión extranjera, especialmente durante los años 60, la «vitrina» más cercana que tenemos en el tiempo.

CENTROAMERICA EN LA EXPANSION DEL CAPITALISMO DE POST-GUERRA

Con el fin de la segunda guerra mundial se inicia un nuevo orden económico internacional. Junto a ello se produce un enorme auge y una gran expansión del capitalismo mundial, aunque para Centroamérica y otras regiones «periféricas» eso no significa mucho en relación a su lugar tradicional asignado dentro de la división internacional del trabajo.

Ayer como hoy Centroamérica al ser parte de las regiones «periféricas» ni tenía (ni tiene ningún control interno sobre el proceso de acumulación del capital, el cual, en tales condiciones, se define y decide esencialmente por factores externos. Como región básica e históricamente agro-exportadora su economía era (y es) altamente dependiente y atrasada.

LA AID CONTRA LA CEPAL

Como parte de la búsqueda de soluciones a esta situación crónica de atraso y dependencia, la CEPAL junto a los gobiernos del área impulsó desde inicios de los años 50 la formulación de una estrategia de desarrollo, la cual fuera popularmente conocida como «Industrialización por Sustitución de Importaciones» (ISI). Se planteaba que esta era una alternativa viable para que Centroamérica transformara su anacrónico modelo económico agro-exportador. Con ello se buscaba que la región pudiese dejar de depender exclusivamente de la venta de unos cuantos productos colocados cada vez a precios más baratos, y rompiera su perniciosa dependencia de la compra de múltiples productos industriales producidos en el exterior a precios cada vez más caros. En síntensis, se trataba de modernizar la economía y de aminorar el pernicioso «intercambio desigual».

Susana Bodenheimer, investigadora norteamericana que elaboró una tesis doctoral sobre el tema (1), argumenta que el gobierno de su país a través de la AID terminó imponiendo sobre la CEPAL su propio concepto de integración regional y de industrialización en Centroamérica. Mientras la CEPAL proponía la implementación de un proceso industrializador que fuese gradual y planificado (que considerara las diferencias en el nivel de desarrollo presente en cada país centroamericano), Estados Unidos no deseaba ninguna regulación, planificación o medida que pudiese «discriminar» las inversiones y operaciones de sus monopolios. Simplemente consideraban que eso atentaba contra el supuesto derecho de sus corporaciones de enviar capital e instalarse donde, cuando y bajo las condiciones que (a ellos) les conveniera...

Producto de lo anterior y atendiendo a las necesidades de exportación de capital y de expansión hacia nuevos mercados, se produjo durante los años 60’s un considerable flujo de capitales hacia Centroamérica (principalmente proveniente de consorcios gringos). El marco jurídico, económico y político favorable creado especialmente a la sombra del Mercado Común Centroamericano fue perfectamente aprovechado por los monopolios y por las elites oligarcas criollas, de cuya alianza resultaron los mayores beneficiados con la apertura de capitales, exenciones fiscales, créditos favorables y muchas otras prebendas.

Producto de esa experiencia y aunque en algunos países más y en otros menos, se obtuvieron algunos logros, como la creación de un incipiente mercado nacional, cierta diversificación económica, se crearon algunas bases para la industrialización doméstica y emergieron nuevos actores sociales y políticos, tales como empresarios industriales criollos, sectores financieros ligados al sistema bancario en expansión y a la industrialización agro-exportadora, así como emergieron ciertos sectores medios, especialmente urbanos (técnicos y burócratas).

Pese a lo anterior, una cantidad considerable de analistas, investigadores y especialistas en el tema coinciden en señalar que el fracaso de la integración regional basada en la industrialización por sustitución de importaciones, se debió, entre otras cosas, a que el impacto de la inversión extranjera sobre el conjunto de las economías centroamericanas fue intrascendente, especialmente si se toma en cuenta por cada dólar invertido en la región las corporaciones norteamericanas extrajeron 2, los cuales indudablemente terminaron en los bancos de Estados Unidos (2).

Otro aspecto importante es que el proceso de industrialización forzada no alcanzó a transformar el eje central de las economías centroamericanas, es decir, la agro-exportación. Los países de la región siguieron dependiendo de la venta de unos cuantos productos agrícolas tal y como lo hacían a fines de siglo XIX.

Por otra parte, al ser los monopolios extranjeros y sus aliados internos los principales beneficiaros del flujo de capitales hacia la región, inevitablemente se reprodujeron los mecanismos tradicionales de concentración de la riqueza y del ingreso. La pobreza y el desempleo (dos males que supuestamente son «curados» con las inyecciones de la inversión extranjera) no sólo no desaparecieron sino que creció aún más. Por otro lado, la perniciosa dependencia externa que se buscaba eliminar prácticamente quedó aún más reforzada.

Los grupos asalariados urbanos, la masa campesina y demás sectores populares siguieron siendo los marginados y los grandes perdedores de siempre. Quizá con la excepción de Costa Rica, los países involucrados solamente experimentaron crecimiento económico pero sin desarrollo, y por supuesto, sin democracia política real.

Además, no se logró la verdadera conformación de un mercado interno que hiciera menos dependiente del exterior a las economías centroamericanas. Evidentemente, para que ello sucediera hubiese sido necesario entre otras cosas, el impulso de una profunda transformación en el régimen de propiedad rural (reforma agraria), y la elevación del nivel de vida de los asalariados y de las grandes mayorías en general, algo en lo que ni las oligarquías criollas ni las multinacionales estaban interesadas en lo más mínimo.

En suma, la constitución de una comunidad económica centroamericana y su modernización pasaba necesariamente por una dinamización de la economía en su conjunto, dinamización que requería forzosamente de profundas transformaciones estructurales, tanto en lo económico, lo político como en lo social. Esa fue precisamente la necesidad histórica que las elites criollas y los monopolios extranjeros intentaron evitar a toda costa (3).

«REPRIMARIZACION» ¿UN RETORNO AL SIGLO XIX?

Hoy en día y dentro de la dinámica de la llamada «globalización», los países centrales siguen reasignando roles y lugares a las naciones de la periferia. Estando nuestra región en las mismas (o peores) condiciones que al inicio de este siglo que está terminando, la función que se nos está asignando nuevamente es la de ser «países despensa», eso que Ugateche llama «reprimarización» (4) (un retorno a la agro-exportación). La diferencia con el pasado es que hoy en día los países del Norte ya no necesitan tanto de nuestras materias primas (muchas de ellas la vienen produciendo artificialmente desde hace un tiempo), y otra parte, los mismos países centrales están compitiendo con nosotros en la producción de muchos productos agrícolas que antes no producían.

Qué pasa entonces? Al parecer regiones como la nuestra cada día se están quedando sin una función y un lugar específico en la economía mundial. Pensar en la «actualización tecnológica» es una utopía; cada 24 horas se producen numerosos avances técnicos y científicos, haciéndose «viejos» los del día anterior. Por el momento sólo se habla del turismo la instalación de distritos industriales, las zonas francas y la famosa inversión extranjera. Pero qué tan viables y realistas son esas alternativas? ¿Cuál es el rumbo que nos conviene?

¿Cuál es el rumbo que llevamos? ¿Terminaremos adoptando un modelo «panameñizado» de sociedad, donde gire en torno a servicios bancarios y financieros, pero con enormes bolsones de pobreza y dependencia alimentaria? ¿Terminaremos siendo «países dormitorio»? Las interrogantes abundan. Faltan respuestas.

(1) Susana Bodenheimer, «la inversión extranjera en Centroamérica», Educa, 1974. (2) David Tobis; «La falacia de las inversiones extranjeras», Educa, 1974). (3) Edelberto Torres-Rivas, «Interpretación del desarrollo social centroamericano», Educa, 1971. (4) Oscar Ugarteche; «El falso dilema», Edit. Nueva Sociedad, 1996. Miembro de la Asociación para la Investigación, Capacitación y el Desarrollo Humano (AICA).



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