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| Viernes 10 de Septiembre de 1999 | Managua, Nicaragua |
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Mi abuelito nunca se murió. Nunca! Bajo el mamón del patio
cargado de uvas verdes, sentado, como siempre, en su butaco roto,
mi abuelito veía soles, veía lunas y veía nietos. Llegados de la
escuela y después de los mandados, los chavalos todos le hacíamos
el coro sentados en el suelo y él le daba a su vieja sinfonía de
los recuerdos.
"Si tenés bastón pomo de plata, abuelitó, ¿por qué usás ese palo?" El reía con sus alvéolos sin dientes y sus ojos alegres. "Ustedes nunca oyeron de la Carreta Nagua y el pobre carretero de la Muerte". Todos guardábamos silencio y él se soltaba en las más curiosas leyendas nacionales. ¡Qué de cuentos! ¡Las Mil y Una Noches de cosas nacionales! Es que mi abuelo había leído mucho. Tenía libros viejos que ya no leía por su cansancio présbite. Pero sabía cosas ciertas e inventadas. Contaba de la guerra. El era chamorrista y se vanagloriaba de que una vez El Cadejo lo llevó de vaqueano. Tenía un dedo menos perdido en un encuentro. Los niños lo abrazábamos, lo besábamos... y sus ojitos léperos se le llenaban de agua. Abuelito era malo. Ahí mismo, en el patio, y en su mismo butaco, mi abuela le prendía una fogata, hermosa como un faro, para que los muchachos rodeásemos al viejo que nos electrizaba con sus cuentos de muertos. Nos apretujábamos todos hasta sacar manteca y dábamos un salto pavorido al caer de una hoja. Gozaba mi abuelito con sus bromas. Ofrecía un centavo al que en la obscuridad le trajese una hoja de la salvia que estaba junto al baño. Nunca nadie ganó el centavo. Esta noche... éste era un abuelito diferente. Hablaba suave y pausado, y no nos contó cuentos. Nos dijo: "Si alguna vez me muero, búsquenme siempre sentado en mi butaco. Y no olviden que siempre les he dicho que hay que amar a la tierra. La tierra lo da todo, la tierra se llama Patria. Y el muchacho que hace sus juguetes, el que usa las cosas que aquí se hacen, ese es hombre completo". Esa noche nos habló de las aguas, de las frutas, los ídolos de piedra que fueron nuestros dioses; los capotes ahulados y las cueras. Supimos que las culebras eran buenas, que matar a los sapos es pecado y que los pájaros en las jaulas son como los presos. Se quedó un rato mirando el molendero. "Lo hice yo, nos dijo como con un torozón en la garganta, y le hice el tinajero, el jicarero; le labré los guacales y las jícaras, le hice los taburetes y la hamaca". Al oído me dijo mi hermanito: "Está llorando!" y yo le di un codazo. Tras una pausa larga habló el abuelo: "Los hombres... antes éramos hombres. Las cosas de la casa las hacíamos con nuestras propias manos. La Juana sabe que a mis hijos yo los hice. Ahora todo se compra hecho en el extranjero. Tal vez mañana a los hijos los compren en la farmacia". Una pausa. "Sí, tal vez mañana los hijos no sean nuestros hijos ni sean nicaragüenses. Porque ahora, mis niños, ahora nos están arrancando la cultura y con la cultura, el alma". "¡El alma, dijo... el alma!!!" Y abrió los brazos entre los que cupimos esa noche todos los nietos. Nos fuimos a acostar y él se quedó fumando su chilcagre. "Ay que se quede, déjenlo, dijo mi abuela. Ay que me llame!" Ya no llamó esa noche. El puro cayó al suelo y él se quedó dormido,... dormido,... está durmiendo!" Compartir:
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