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  Domingo 28 de Noviembre de 1999 | Managua, Nicaragua
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Fábula del pacto entre la víbora y el dinosaurio

Luis Rocha

Había una vez un gran bosque verde, verde, verde, surcado por caudalosos ríos, engalanado por picos de imponentes montañas de tupido follaje y milenarios árboles. En este gran bosque vivían nutrias, vistosos tigres, juguetones pisotes, gran variedad de monos, zorros ágiles y locuaces, loras y lapas parlanchinas, cusucos, guardatinajas, dantos y, en fin, toda clase de mamíferos, aves casi del paraíso, insectos que contribuían al balance ecológico y bellas mariposas. Y todos, después de muchas guerras en las que los habían metido las víboras y los dinosaurios, vivían en franca armonía.

No hacía mucho habían logrado bautizar aquel gran bosque como la «Hipotética República de Nicaragua». Lo de «hipotética» era un término que todos estaban conscientes que había que erradicar, pero que se incorporó a la Constitución con la esperanza de que fuera transitorio y por iniciativa de los monos sabios que temían que las víboras y los dinosaurios volvieran a hacer su aparición, haciendo una vez más imposible aquel sueño democrático.

Y efectivamente sucedió que las víboras y los dinosaurios volvieron a hacer su aparición, después de una guerra en la que las primeras medio perdieron el poder ante los dinosaurios, y aquellas decidieron gobernar desde abajo y los triunfadores, como es lógico, desde arriba. Los primeros síntomas catastróficos se dieron cuando los dinosaurios comenzaron a beberse todos aquellos caudalosos ríos y la naturaleza a sufrir las consecuencias de falta de agua: El verde de las montañas se opacó, los animales tenían que emigrar a rincones recónditos y oscuros, los insectos eran fumigados por las víboras y mordidos y envenenados por estas mismas los estudiosos e indefensos monos sabios. Entre víboras y dinosaurios mataban al tigre para comercializar su piel y chocoyos, lapas y loras eran exportadas al extranjero en un éxodo forzado por la ambición y la usura.

Ante tanta desesperanza un día un grupito de monos, de los que no eran sabios, decidieron acudir a un Gran Pastor que vivía en las sierritas de aquel Gran Bosque, en busca de consuelo y protección, y aquel Gran Pastor respondió a su desconsuelo e ingenuidad con un indescifrable lenguaje y acento ajenos al de aquella hipotética república. No obstante otros monos consideraron de rigor emprender aquellas inmensas e inútiles romerías, y así sucesivamente tribus y partidos de más monos imitadores que querían tener la bendición de que hacían gala víboras y dinosaurios.

Como aquello se estaba volviendo un caos, se hizo sentir que aquella bendición del Gran Pastor sólo beneficiaba a víboras y dinosaurios, en parte porque la víbora era creación de él y porque el dinosaurio era su amigo. Fue por entonces que la víbora y el dinosaurio acordaron hacer un pacto, por el cual se repartían el gran bosque, eliminaban la posibilidad de tener competidores en las elecciones que a partir del mismo sólo podrían ganar dinosaurios o víboras, y además se garantizaban impunidad por cualquier delito que cometieran o pudieran haber cometido.

Los delitos cometidos se guardaron en una hermética caja de pandora. Y es que, como se recordará, por muchos años la víbora había saqueado las riquezas del bosque, y el dinosaurio consideraba llegado su turno. El dinosaurio, por su parte, sabía que la víbora no podía denunciar sus saqueos y demás delitos, pues ella había hecho lo mismo antes de dejar el poder. Desde ese pacto, por lo tanto, la reciprocidad en la corrupción sería el silencio y una enorme luz verde para hacer del gran bosque y sus habitantes, cualquier cosa.

Hasta los patos chanchos pensaron emigrar como ya lo habían hecho los chanchos de monte. El hedor a corrupción era ya insoportable en aquella hipotética república, y las ardillas en arriesgadas cabriolas en los pocos árboles que quedaban, iniciaron la protesta secundada por codornices, faisanes, gavilanes, iguanas, garrobos y toda clase de animales e insectos. Sólo sopilotes y cucarachas, ya que les convenía a sus intereses culinarios por lo corrupto y antihigiénico de aquel pacto, se quedaron respaldando a víboras y dinosaurios.

Cuentan que por fin los monos imitadores dejaron de hacer sus inútiles romerías donde el Gran Pastor, y que un Consejo de monos sabios denunció que la víbora no había nacido en una parábola, ya que en ambos bandos de víboras y dinosaurios cada quien llevaba una víbora en su corazón y un dinosaurio en su conciencia.


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