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  Viernes 12 de Noviembre de 1999 | Managua, Nicaragua
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La humillación de Canosa

Roberto Sánchez Ramírez

Prolongado y frío fue el invierno del año 1077. Al norte de Italia, en el castillo de Canossa se encontraba el Papa Gregorio VII, enfrentado con Enrique IV, Emperador del Sacro Imperio Romano, debido a la llamada querella de las Investiduras de los Obispos.

Apoyado por los Arzobispos de Bremen y Colonia, Enrique IV pretendió luchar contra el papado, siendo excomulgado, perdiendo apoyo y poder. Fue aconsejado de ir a pedir perdón a Gregorio VII. Durante tres días estuvo a las puertas del castillo, arrodillado bajo la nieve, hasta que se le permitió la entrada. El hecho es conocido históricamente como la humillación de Canossa.

En circunstancias y por motivos diferentes, se ha hecho costumbre que bajo el sol o un fuerte aguacero, nuestros políticos toquen los portones de la quinta de las sierritas de Santo Domingo, donde reside el Cardenal Miguel Obando y Bravo, Arzobispo de la Arquidiócesis de Managua, en una actitud que recuerda el episodio de Canossa.

La historia de los últimos cincuenta años, la violencia y brusquedad de los acontecimientos, ha puesto a Nicaragua en el protagonismo mundial con una secuela de muerte y destrucción. Ese protagonismo también ha sido personal del Cardenal Obando y Bravo, desde Diciembre de 1974 como mediador entre el gobierno somocista y el FSLN, hasta convertirse ahora en una especie de oráculo dominical. Sus opiniones son determinantes en la conducción del país.

Frente al indudable poder cardenalicio, los políticos nacionales se han deteriorado en actos de corrupción, una gobernabilidad incierta y dudosa, escándalos de carácter ético y moral, enriquecimiento ilícito, poca credibilidad, en fin un alejamiento desproporcionado de la figura del Cardenal, a cuya sombra pretenden cobijarse a falta de tener una propia por sus desaciertos y errores.

Eso ha provocado de hecho una subordinación del poder civil al eclesiástico, y en particular a una determinada denominación religiosa, a la Iglesia Católica como institución, en contraposición a la condición laica del Estado. Pero no sólo a nivel de gobierno, sino de los partidos políticos, quienes en forma oportunista han pretendido manipular al Cardenal Obando y Bravo.

A su vez esta relación ha creado alrededor del Cardenal su propio círculo de poder donde hasta el chofer tiene una cuota que debe respetarse y tratar de congraciar, pasando por el entorno de sacerdotes y laicos que a través de la diferentes organizaciones católicas ejercen una considerable influencia, aún a lo interno del propio gobierno en cargos públicos, universidades, centros asistenciales etc., concentrando en algunas personas diferentes funciones.

En la medida que esa situación aumenta igual ocurre con los riesgos, a mayor protagonismo más posibilidad de equivocarse, pues la debilidad está en tomar todo lo dicho y hecho como infalible, en una época cuando la Iglesia Católica ha rectificado los errores cometidos, reivindicando a personajes como Lutero y Galileo, en una verdadera reconciliación bajo el signo de la verdad que tanto predicó Cristo.

Este protagonismo incurre también a ponerse al servicio de intereses particulares, y de alguna manera la relación se parcializa con ciertos sectores, se deja de pastorear todo el rebaño, estableciendo diferencias políticas entre ovejas y culebras, fáciles de utilizar con fines electorales, lo mismo que las misas en cierre de campañas.

El otro riesgo de este protagonismo es la tentación de adular, alentando el servilismo que tanto contribuye al envanecimiento y la soberbia. A la vez rechaza cualquier sañalamiento que no coincida, cayendo en la descalificación excluyente, peor en este caso pues como se trata de nuestro Cardenal, cualquier opinión es satanizada casi al borde de la excomunión. Debe prevalecer la humildad como norma de conducta para evitar confrontaciones ajenas a los principios evangélicos.

Ahora que se inician las campañas para las elecciones municipales, no pueden las iglesias cristianas y sus pastores o sacerdotes, ser instrumentos de los políticos. Cristo es suma y no resta, sin colores ni manchas, la Palabra es una así que quieran darle muchas interpretaciones. Tenemos la obligación de ser los mismos, independiente al partido en que militemos, recordemos que es por el amor que nos reconocerán como discípulos de Cristo.

El ejercicio del respeto y la tolerancia resulta fácil cuando es de nuestra conveniencia y agrado. Las contradicciones no deben llevarnos al odio y el resentimiento, nuestra dignidad no puede humillarse a las puertas de Canossa. No se trate de resucitar el espíritu de Torquemada pues se podría alentar el del Cardenal Richelieu.

No se crea que estamos ante una campaña en contra de nuestro Cardenal, no retrocedamos a los tiempos de la Inquisición. Disentir o no estar de acuerdo, con Monseñor Obando no es faltarle al respeto, sí se falta cuando en plan de adulación se cierra un círculo infalible, carente de humildad y amor.


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