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  Sábado 6 de Marzo de 1999 | Managua, Nicaragua
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Vida perdida
Exclusivo para NUEVO AMANECER CULTURAL Pronto aparecerá simultáneamente en España y Nicaragua, el libro de Memorias de Ernesto Cardenal, titulado VIDA PERDIDA, del cual ya dimos noticia cuando fue publicado en Alemania. Mientras este esperado libro aparece en su versión en español, su autor ha accedido a darnos la exclusiva de varias entregas que iniciamos el sábado 6 de Febrero.

Por Ernesto Cardenal

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  El León de infancia de Ernesto Cardenal.  

A José Coronel Urtecho, aunque era tío mío, no lo conocí en mi infancia, debido a que vivíamos en León, sino lo conocí después.

Al que conocí en mi infancia fue a mi primo el poeta Pablo Antonio Cuadra, bastante mayor que yo —hijo de una hermana de mi papá, mi tía Mercedes y de Carlos Cuadra Pasos. Se hospedó en la casa de mi tía Trinidad. Había llegado a León por la representación de su obra teatral Por los caminos van los campesinos, que se hizo en el Teatro Municipal, el venerable teatro de León, inaugurado en la adolescencia de Darío. También se hospedó con él Luis Downing Urtecho, mi tío, que hizo muy bien su papel de yanki en la obra de teatro, porque por su ascendencia sajona era rubio y de ojos azules. Los dos hicieron, acompañados por mí, una minuciosa inspección por aquella casa como recorriendo un museo: los retratos, incluso los retratos baleados, la mesa de comer, los arcones de los víveres. Cuando vieron el viejo baño en mitad del patio de la cocina, con el hueco de la puerta sin nada con que cerrar, Luis Downing comentó que ese baño era de la época de los españoles, y que los españoles se bañarían muy poco: cuando se bañaba un español todo mundo lo sabía.

Y yo ya leía la poesía de Pablo Antonio, aunque era muy pequeño. Porque mi papá tenía su libro Poemas nicaragüenses. Y yo leía esos poemas acostado en el suelo, sin entenderlos mucho. Aunque sí, claro, me gustaban. Los poemas eran comprensibles, porque eran de temas del campo, y aun de cuentos infantiles; lo que no comprendía muy bien es por qué eso era poesía. En realidad, yo, niño, no la entendía porque la entendía. No entendía que una poesía que se entendiera fuera poesía; toda en lenguaje nicaragüense. También me extrañaba que tuviera líneas muy largas, enormemente largas, y otras muy cortas: no eran regulares como los “versos”. Y se leían como quien platica y no como los versos.

Pablo Antonio ha dicho de mí: “Yo lo recuerdo pequeñito, con un rostro de pájaro distraído, agudo e inquieto, sentado en una butaca, los pies sin tocar el suelo, leyendo totalmente abstraído del mundo, versos y versos, sin parar”. Azarías Pallais

Otro gran poeta de León, y de Nicaragua, fue el padre Azarías H. Pallais, tío de nuestros inseparables amigos los vecinos Pallais. Aún joven, y recién llegado de Europa donde había sido ordenado sacerdote por el arzobispo de París, en la catedral de Notre Dame, pronunció un célebre discurso en los funerales de Darío en la catedral de León. Su primer libro, se lo dedicó a una tía mía, a mi tía María, una de las Cardenales. Ya he dicho que en León les llamaban así porque casi sólo eran mujeres las de la familia. Y ella debe haber sido chavala entonces. Yo conocí la poesía de Pallais, hasta que estaba en el colegio de los jesuitas. Allí el padre Cavero se burlaba de él por el título de su libro A la sombra del agua. Decía que había un sacerdote loco en León. ¿Cómo puede estarse a la sombra del agua? Y yo coincidía con él. ¿Cómo puede estarse a la sombra del agua? No sé cuándo supe la respuesta: en una cascada. Como que había una cascada adonde iban de paseo. Y allí se ponían a estar bajo la sombra del agua. Leí su poesía por primera vez en una antología de poesía nicaragüense hecha por el padre Oviedo, que después fue obispo de León, y murió bastante loco. Recuerdo cómo en el primer encuentro me sorprendió esa poesía. No es que no me gustara, pero me sorprendió. Aquellas palabras como: “Rumores silenciosos de apacible color: / Voz de las hojas verdes, voz de Nuestro Señor”, me sonaban raras. Cualquiera que ahora lea esto que escribo, se extrañará de que esas palabras para mí una vez fueron raras. Pero sí, así lo sentí. Me imagino que para aquellos que oyeron por primera vez a Homero les sonaría novedoso y raro. Pallais ya no era modernista pero aún no era vanguardista; estaba entre el modernismo y el vanguardismo, o mejor dicho era una mezcla de modernismo y vanguardismo. Tal vez más cerca de lo segundo que de lo primero. Los vanguardistas de Granada lo llamaron “Reverendo vanguardista”.

Y por cierto que en esa antología del padre Oviedo figuraba también como poeta uno de mis tíos, uno de los pocos varones de aquella familia de “las Cardenales” de León, que estando estudiando en los Estados Unidos había muerto en un accidente automovilístico en Filadelfia. Los versos eran muy malos.

Pero eran juveniles. Tal vez los hubiera escrito mejores si hubiera escrito más; tal vez los escribió mejores y no lo sabemos.

Pero volviendo a Pallais. Yo apenas lo conocí personalmente en León. Sólo me acuerdo de él que una vez nos estuvo contando a un grupo de niños cuentos de fantasmas y aparecidos que nos producían fascinación y terror. Entre esos cuentos estaba el del árbol de Subtiava que a media noche se acostaba sobre el camino.

Me acuerdo que una vez, la mayor de las Cardenales, mi tía Trini, llegó muy agitada donde mi tía Trinidad, contando que había habido una misa de cuerpo presente en la iglesia de San Francisco, con una difunta, y el padre Pallais estaba en el púlpito diciendo un sermón sobre la difunta, y de repente a mitad de una frase se interrumpió, y se quedó en silencio con los brazos abiertos, mirando al techo, en suspenso, como en un trance o teniendo una visión —o quién sabe qué cosa le pasaría. Estuvo así bastante rato, hasta que continuó hablando. Y la gente había salido de la iglesia muy impresionada.

Con visión o sin visión, sus sermones siempre impresionaban. Sus sermones y discursos. Espectacular, con gran vehemencia y teatralismo, alzando los brazos al cielo o abriéndolos en cruz o cruzándolos sobre el pecho, con una voz como un trino o de repente cavernosa como de ultratumba o retumbando aterradora. Esto es lo que han contado, y también lo que algunas veces me tocó presenciar cuando ya era grande. Una vez que dijo en Managua un discurso muy bueno sobre Alfonso Cortés sin que lo hubiera preparado antes, José Coronel me dijo que para Pallais un discurso era como el baile para una bailarina: como cuando a una bailarina se le pide que baile, y empieza a bailar.

Se contaba de un discurso que tuvo antes que nosotros llegáramos a León, cuando en México gobernaba el presidente Calles. El fue considerado por muchos católicos —me parece que equivocadamente— como un perseguidor de la iglesia.

El conflicto fue porque él era bastante progresista, y la iglesia muy reaccionaria. Y Calles pasó a ser una de las fobias de Pallais, junto con los masones y los yankis. Y una vez hubo un homenaje a México en el Teatro Municipal. La bandera de México en el escenario; el embajador de México. Y el padre Pallais inició su discurso gritando: “¡El siete veces perro!... (Hubo una larga pausa). “¡El siete veces perro!”... (otra larga pausa). “¡El siete veces perro!”... (otra pausa) “¡El siete veces perro!”... Y así por siete veces. Hasta terminar la séptima vez: “¡El siete veces perro Plutarco Elías Calles!” Se levantó indignado el embajador de México; hubo un gran escándalo, protesta internacional y disculpas, etc.

Alto, flaco, enjuto, una figura quijotesca. Andaba con una sotana raída, desteñida o con tintes verduscos de lama. Aunque de familia aristocrática; familia emparentada también con los Debayle-Sacasa, y por tanto con el dinero, y el poder, y la corte presidencial.

Y yo recuerdo lo que me contaba un lustrador, que era niño como yo, mientras me lustraba los zapatos en el parque. Que algunas veces el padre Pallais se iba de paseo con lustradores como él y otros niños de la calle, por ejemplo, al Río Chiquito en las afueras de León.

El era amigo de las prostitutas, de los borrachines y de los pequeños delincuentes. Había escrito: “¡Oh hermano mío ladronzuelo menor y mínimo!” Lo que se parece mucho a aquella otra frase muy tierna para el indigente Lino Argüello: “Hermanito mío perro, Lino de Luna”. Una dueña de un prostíbulo llamado “Honolulu” llegaba escondida a ponerle flores a la Virgen en una iglesia. Una vez la vio el padre Pallais, y ella empezó a temblar. El le dijo: “¿Por qué temés? Las mujeres como vos son las predilectas de Nuestro Señor”.

Predicando la Semana Santa en un pequeño pueblo, en su sermón del Domingo de Ramos hizo loas de la humildad del asno que montó Jesús, contraponiéndolo al lujo en que se transportaban las jerarquías eclesiásticas Anás y Caifás, y el obispo de León se sintió aludido y lo suspendió a divinis. El siempre estuvo mal con las autoridades, incluyendo las eclesiásticas.

Admiraba mucho la poesía del colombiano Guillermo Valencia, muy afín a la suya en cuanto a la forma —siendo mejor la de Pallais— y lo fue a visitar en una especie de peregrinación, haciendo el viaje a pie. Eso se ha dicho; pero una vez me dijo que el viaje no fue a pie. Porque yo después me vi bastante con él, y fui su amigo. Pero no hablaré de eso ahora porque estoy hablando de mi infancia.

Oliverio Castañeda

Durante mi infancia en León ocurrió el caso de Oliverio Castañeda, el envenenador. Refinado, elegante y bien parecido, había llegado de Guatemala con su esposa. Se hicieron amigos de una familia aristocrática y rica. Una noche la esposa murió repentinamente mientras comía un helado que él le había dado —tenían fama los helados que él hacía—. Y antes de morir se le oyó a la mujer decirle a Oliverio su marido : “Oli, Oli, ¿qué me has dado?” Esas palabras corrieron inmediatamente de boca en boca por todo León. Junto con el rumor de que la causa de la muerte parecía haber sido estricnina. Viudo, se pasó a vivir con la familia rica. Después una de las hijas tuvo una muerte repentina, parecida a la de su esposa. Se habló de enamoramientos con la otra hermana y con la madre. Y de celos. Después el padre murió en forma igualmente repentina. Todos los hechos coincidían en culpar a Oliverio Castañeda, pero ninguno lo culpaba con certeza. Desenterraron el cadáver de la esposa y le había crecido el pelo, como pasa con los muertos por estricnina.

No recuerdo si desenterraron también los otros cadáveres y también les había crecido el pelo. Es posible que sí. Además nada se sabía seguro; sólo rumores. Cayó preso. Se empezaron a decir cosas de su pasado que lo hacían más sospechoso. Alguien que llegó de Honduras contó que allá se había apagado la luz en el Club Social, y habían visto la figura de Oliverio Castañeda que pasaba corriendo sin que se supiera por qué. Pero confesaba que, después de todo, no había ocurrido nada especial esa noche.

La opinión de León se dividió. Creo que las clases altas estuvieron a favor de la familia rica, que consideraban víctima de un monstruoso envenenador; y las clases populares, a favor del estudiante pobre que consideraban víctima de una monstruosa calumnia. El juicio fue largo. Y por eso es que yo vi mucho a Oliverio. Porque todos los días pasaba por mi casa, esposado y con dos guardias con rifles, camino al juzgado, por la mañana; y al mediodía de regreso a la cárcel, cuando había terminado la sesión del juzgado. Aquel edificio plomizo del juzgado, que, como ya dije, estaba a cuadra y media de mi casa.

Y cuando Oliverio quedó viudo cortejaba a las damas, y una de las que él cortejó había sido la menor de las Cardenales, mi tía Adelita, soltera y aún joven. Y mi papá la bromeaba después, en la sobremesa, cuando las Cardenales llegaban donde mi tía Trinidad: diciéndole que se había salvado de ser envenenada; y ella decía, que tan sólo la visitaba.

Fue condenado. Y como en Nicaragua no había pena de muerte, lo mandaron a matar. Usaron con él lo que se llama en Nicaragua “ley Fuga”: llevarlo al campo y matarlo como si se hubiera querido fugar. “Tacho” (Anastasio) Somoza desde Managua se lo ordenó a su tocayo “Tacho” (Anastasio) Ortiz, el que mataba pargos con dinamita en la bocana y después mató estudiantes.

El caso Castañeda es el tema de la gran novela de Sergio Ramírez, Castigo divino. En ella describe muy bien aquel León de mi infancia. Aparece Juan Dervishire como un excéntrico —y lo era— pero lo pone con una excentricidad distinta de la que él tenía: vestido con una capa española, y él no usaba esa capa. En verdad en la novela nada es verdad. En vez de realismo mágico, yo diría que es realismo imaginario. El Dr. Debayle no aparece. Y me dijo Sergio que era porque lo estaba reservando para otra novela en la que Debayle sale a bailar con Darío y Somoza García, y Rigoberto López Pérez, el que ajustició a Somoza en ese mismo edificio del juzgado que después había pasado a ser el Club Social Obrero. A cuadra y media de mi casa y cerca también de la casa de Mireya y de la del padre Benito, adonde habíamos ido una noche a oír el primer radio.

Una seción de espiritismo

“Cuentos de ánimas en pena y aparecidos”. Dice Darío que le contaban en su infancia. Allí mismo cerca de su casa en las Cuatro Esquinas hubo un ánima en pena durante mi infancia. Se oían unos ruidos inexplicables durante la noche, que daban mucho pánico. Las Cardenales llegaban a contar eso donde mi tía Trinidad. Una vez nos contaron que los ruidos habían sido explicados: sobre un pozo en el patio de atrás había un zinc, y a medianoche una cabra se subía al zinc y hacía aquel ruido tan extraño. En otra casa en la noche un piano sonaba solo. Después descubrieron que un ratón corría por las teclas.

Masones y francmasones, a los que el padre Pallais tanto abominaba, habían muchos en León. O se decía que habían. Teosofía ciertamente había mucha. En el mismo Darío hay una teosofía sutil, bien filtrada —Y la tendría por leonés. En Alfonso Cortés también: en su poesía misteriosa se percibe una influencia teosófica, benéfica en él. En la mayoría de los otros casos era una teosofía burda. Orientalismo, ocultismo, espiritismo, adivinación: todo eso era plaga en León. Enfrente de mi casa, junto a los Pallais, había unos que adivinaban. Más para allá, en la esquina, había un Dr. Saborío que era célebre espiritista.

Entonces llegó el padre Heredia a León y se hospedó donde nosotros. Era un jesuita mexicano, que al entrar de jesuita ya sabía mucho de prestidigitación y magia. Profundizó más en esto, y su apostolado sacerdotal lo dedicó a combatir el espiritismo, con representaciones teatrales en que fingía espiritismo, para decirle después al público que todo había sido mentira. Pero los trucos no los revelaba, por no violar el secreto profesional de la prestidigitación.

La representación fue en el Teatro Municipal, lleno de bote en bote. En mitad del escenario, en comunicación con los espíritus, dijo que le había sido revelado que el señor tal tenía un billete de tal denominación y tal número de serie. El señor revisó su cartera y exclamó con asombro que era cierto. El era don Leonardo Argüello que después sería presidente (por 28 días, porque Somoza que lo impuso como títere lo derrocó). La persona que vendía los tiquetes a la entrada, al darle un vuelto le dió ese billete y se lo comunicó al padre Heredia. En una mesita pusieron tres vasos. Se subía gente del público a tocar un vaso mientras él estaba de espaldas, y después oliendo los vasos identificaba el que había sido tocado. Las fuerzas espirituales podían agudizar tanto los sentidos... Resulta que mi mamá se había colocado en primera fila, y se ponía la mano en la oreja derecha cuando había sido tocado el vaso de ese lado; y en la izquierda cuando era el del otro lado, y en la nariz cuando era el de en medio. Esa tarde el padre Heredia había tenido cierto altercado con Madre Francisca, la superiora de la Asunción, y él, que era un cura moderno y alocado e irreverente, le pegó en la nalga a la monja. La superiora, para vengarse subió al proscenio y tocó los tres vasos. Mi mamá se desconcertó un momento, pero después se tocó las dos orejas y la nariz. El padre Heredia olió los tres vasos y los rechazó con repugnancia como si estuvieran hediondos. Bajó al público con un bastón puntudo que muchos comprobaron que no se podía sostener por si solo. Para demostrar el poder de la concentración de la mente lo mantuvo en frente de él perfectamente derecho sin tocarlo. El estaba vestido con un traje negro; pantalones negros y saco y chaleco negro. Al chaleco tenía atado un hilo negro con un lazo, y en el lazo había ensartado el bastón que no se caía. Naturalmente que el público no podía distinguir el hilo negro en el traje negro; además que en el escenario habían reflectores fuertes enfocados hacia el público. El escenario tenía un fondo completamente negro. El había preguntado dónde podía conseguir mucha tela negra, mi mamá se acordó que en la catedral, para las misas de muerto, ponían unas enormes cortinas negras que cubrían las columnas desde el techo hasta el suelo. Pidió prestadas las cortinas y se las prestaron por ser un reverendo jesuita. Cuando tuvo aquellas cortinas largas, vio que eran muy largas, y pidió unas tijeras y, para consternación de mi mamá, las cortó por la mitad.

Aunque pronto se fue de León, nunca le perdonaron en la catedral aquella profanación de sus trapos sagrados. Y detrás de esas cortinas mutiladas, mi hermano Popo sacó una mano con guante negro y agarrando la pata de una silla la fue subiendo tambaleante mientras el padre Heredia con el brazo extendido ordenaba su levitación. Un grupo de señores, entre ellos mi papá, subieron al escenario, y tras una invocación a los espíritus que hizo el padre Heredia pusieron las manos sobre una mesa, sin tocarla, y la mesa se fue levantando.

Todos estaban vestidos de saco, y ocultos por las mangas llevaban atados a las muñecas unos garfios que enganchaban debajo del borde de la mesa, y así la fueron levantando sin tocarla con las manos. Otra cosa fue que puso a hervir una parafina, invocó a un espíritu para que introdujera la mano en la parafina hirviente y así dejara constancia material de su existencia. Se apagó la luz un momento, y al encenderse de nuevo había una mano de parafina, el molde de la mano que el espíritu había introducido. Era que al apagarse la luz él había metido la mano con un guante de hule en la parafina líquida y después en un agua con hielo, y quitando el guante había quedado la mano de parafina. Y el poder de la mente también fue demostrado con la hipnosis, descubriendo secretos del pasado. Había sido escogida una quinceañera, la Meyaya, y ensayada en nuestra casa para que fingiera el estar hipnotizada. Se necesitaba un secreto de algo antiguo, que nadie pudiera saber cómo se había conocido. Se le dijo al padre que mi tía Trinidad estaba llena de toda clases de cosas secretas del pasado. Pero ella no pudo recordar ningún hecho, ningún cuento, ninguna anécdota del pasado; no sabía absolutamente nada. Estaría cohibida, o tal vez más bien fue que no quiso contar nada que fuera para fingir; ningún cuento que se iba a convertir en una mentira. Mi abuela Mimí, que estaba entonces hospedada en la casa, salvó la situación. Ella se recordaba de haber visto en París, cuando estaba pequeña, al Dr. Debayle, quien era entonces estudiante, y no podía acordarse de esa niña ni explicarse cómo se había sabido el cuento.

Era en un baile de máscaras. Entonces en el escenario, la Meyaya hipnotizada, empezó a mirar el pasado. Con una voz como soñolienta dijo: Veo una ciudad muy linda... París. Un bulevard. Es el último día del año mil ochocientos no sé cuanto... Veo un joven guapo con un antifaz... Está vestido de Arlequín... Entonces el Dr. Debayle saltó de su asiento y gritó conmocionado: “ ¡Ese soy yo!” Mimí entonces estaba pequeña, porque había sido enviada desde los nueve años a estudiar en el extranjero, y claro, el Dr. Debayle no podía recordar haber sido mirado por esa niña. Al salir del teatro, el sabio Debayle diciendo a los amigos que el hipnotismo era un hecho comprobado por la ciencia, igualmente la clarividencia, porque cuando él estaba en la Sorbona, y tal y tal...

Al padre Heredia en nuestra casa le dieron el cuarto que teníamos Popo y yo. Celebraba misa todas las mañanas en el corredor (cosa que entonces no se usaba) y nosotros dos éramos monaguillos; y mi tía Trinidad no tenía que ir a su misa de alba. A nuestra hermanita Maruca le hacía abrir la mano, le ponía una moneda que antes no había visto nadie —con gran alegría de ella—, le hacía cerrar la mano, y la moneda desaparecía y no se le volvía a ver. Le tocaba con el dedo la nariz y sonaba un pito.

“Rememoro un gran jícaro bajo cuyas ramas leía”, dice Rubén Darío hablando de la casa de su infancia. En el patio de mi tía Trinidad no había un gran jícaro sino un laurel de la india pequeño, y yo no leía bajo sus ramas sino encaramado en ellas. No lo imagino pequeño, pero pequeño sería aquel árbol, apenas capaz de sostener en sus flacas ramas a un niño flaco leyendo Salgari. En el jardín grande, y en el otro jardín menos grande del otro lado, había toda clase de flores: jazmín del cabo, lirios, azucenas, agencianas, flor de avispa, sandiego, gardenias, hortensias, y que sé yo qué más —flores con estos nombres o con otros nombres, porque no los recuerdo bien, no era yo entonces experto en nombres de flores, ni me importaban. Y heliotropos, ese nombre sí lo recuerdo bien, que era una planta muy grande (es decir, de mi tamaño). Y la Concha diciendo: “Niño, no arruinés los heliotropos”. Nos hacían sufrir esas flores. Yo creo que a nadie le importaban las flores más que a la Concha, el ama de llaves o mayordoma de mi tía Trinidad. Y nosotros éramos víctimas de la Concha por las tales flores. Cualquier actividad que hacíamos, nosotros y los chavalos vecinos, era siempre con un daño a las flores. Aun mi subida al árbol a leer, hacía protestar a la Concha porque podía quebrar una rama. Había unas flores rojas que nosotros chupábamos porque tenían miel, y los colibríes también llegaban a chuparlas, y la Concha nos regañaba por estar dañando las flores, aunque no les importaban a nadie, sólo a nosotros y los colibríes. La ida de León

Recuerdo que una vez una tarde (recuerdo precisamente que era un atardecer, cuando estaba oscureciendo en aquel gran caserón silencioso) mi tía Trinidad estaba en su hamaca, y yo estaba junto a ella; y todos los demás habían salido, y mi papá no había regresado de la tienda; y entonces me dijo que a esa hora cuando todos andábamos afuera ella sentía soledad, y esperaba la llegada del auto de mi papá y de todos nosotros, pero también le parecía como que estaba esperando a sus hermanos, como que no había pasado el tiempo en que antes aquella casa otra vez estuvo llena, y que ella era la única que se había quedado por un rato, pero los hermanos estaban por llegar.

Era mucho tiempo atrás el que revivía ella, cuando esa casa había estado también con niños y con jovencitos, y había sido ruidosa y alegre, como la de nosotros. Pero no mucho tiempo después de que me había dicho eso fue el traslado de mi papá de la tienda de León a la de Managua, y aquella casa volvió a quedar como había estado antes de nuestra llegada a León, hacía siete años. Nos decía que se iba a sentir muy sola. Que no había sentido soledad antes que llegáramos nosotros, pero la iba a sentir ahora. La despedida fue con llantos en la puerta de la sala. Un año después murió ella.


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