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| Jueves 15 de Julio de 1999 | Managua, Nicaragua |
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El mediodía del 20 de Julio de 1979 las columnas guerrilleras
entraron en triunfo a la Plaza de la República en Managua, bautizada
ese mismo día como Plaza de la Revolución. En un formidable
desorden, los combatientes llegaban a pie, en camiones militares,
en autobuses requisados, subidos sobre el lomo de las decrépitas
tanquetas arrebatadas a las tropas de la dictadura, y se revolvían
con la multitud que estaba allí esperándolos para celebrar con
ellos la gran fiesta de sus vidas. El Presidente títere Urcuyo
Maliaños se había fugado tras los pasos del último Somoza, que
se llevó al destierro las osamentas de su padre y de su hermano,
y se había esfumado la Guardia Nacional, hija de la intervención
militar norteamericana, los últimos oficiales en huir asaltando
a punta de pistola a los aviones de la Cruz Roja, y los últimos
soldados que quedaban en los cuarteles del Batallón Presidencial
en la Loma de Tiscapa dejando en reguero sus uniformes, cananas,
cantimploras y fusiles.
Los cinco miembros de la Junta de Gobierno que sustituíamos a Somoza, entramos por un costado de la plaza subidos a la cisterna de un camión de bomberos que dejaba oír hasta el aturdimiento su sirena, mientras los guerrilleros convertidos en nuestros escoltas improvisados disparaban al aire, desde los estribos y las barandas del camión, ráfagas nutridas de sus fusiles Galil - -orgullosos de su conquista, pues eran los fusiles israelitas de la guardia pretoriana de Somoza--, y las descargas cerradas se multiplicaban por todos los ámbitos de la plaza como si los tiros que habían sobrado quisieran ser agotados de una vez, sonaban las campanas rotas de la vieja catedral desquebrajada por el terremoto de 1972, y gritos de alegría, aplausos en cascadas, consignas en coros, lágrimas que bañaban los rostros y risas como resplandores en los rostros bañados en lágrimas, una música de marimba que venía de los altoparlantes de una camioneta de anuncios callejeros que no podía abrirse paso entre las banderas, las pancartas, las sombrillas de colores, racimos de gente subida en los árboles del Parque Central vecino, en las cornisas y en las torres de la catedral, en las azoteas del Palacio Nacional. Y yo lo que recordaba mientras avanzábamos entre el mar de cabezas era el silencio de minutos antes, cuando el camión de bomberos rodaba lentamente por las calles desiertas desde el parque de las Piedrecitas, en la carretera sur, un silencio sobrenatural bajo el distante cielo luminoso, como si el mundo se hubiera vaciado para siempre de ruidos, y de aire, porque las hojas de los laureles de la india donde revoloteaban los zanates clarineros, y los mangos de espeso verdor en las veredas no se movían, vacías las casas con las puertas abiertas como ante una huida repentina, la huida de todo el mundo hacia la plaza. Al final de la celebración entramos en el Palacio Nacional porque el Embajador del Presidente Carter, William Bowdler, empeñado todavía en su papel negociador, insistía en que el Arzobispo de Managua, Monseñor Miguel Obando y Bravo, debía traspasar el poder a la Junta de Gobierno; y entonces me encontré en el vestíbulo con Regis Debray, en traje de safari de un color kaki desvaído, las aureolas de sudor bajo las axilas. No lo conocía más que por las fotos, y en una de ellas lo recordaba sentado en el banco de la sala del tribunal militar en Bolivia, entre sus guardianes. Sonriente, se atizó el bigote abundante, ya para decirme algo. Pero yo me adelanté. Recordaba un artículo suyo de hacía pocos meses, no recuerdo si en Le Monde, afirmando que las revoluciones armadas ya no eran posibles. --¿Has visto? --le dije-- Se pudo. Se pudo, habíamos llegado, el mundo iba a ser volteado al revés el sueño de Sandino se vería cumplido, no más sumisión a los yankis, se acababa la explotación, los bienes de los Somoza iban a ser del pueblo, la tierra de los campesinos, los niños serían vacunados, todo el mundo aprendería a leer, los cuarteles se convertirían en escuelas, comenzaba una revolución sin fin, la retórica calzaba con la realidad porque las palabras eran carne y hueso con la verdad de los deseos sin que ningún cálculo pudiera intermediarlos. Después, en una crónica de los sucesos de ese día, Debray escribió que la característica más notable de los jefes guerrilleros era su flacura, contrario a la gordura soez de los somocistas derrocados. Flacos por los rigores de la guerra, las penurias de los combates cotidianos, las marchas forzadas, los días sin probar bocado. Flacos en los puros huesos, barbados y con el olor de viejos sudores pegados en los uniformes verdeolivo, comiendo poco, y sin dormir, y a pesar de los desvelos, dormir parecería de ahora en adelante un pecado capital, sólo en la vigilia uno no se perdía nada de lo que ocurría, demasiados sucesos como para que la mente pudiera asentarlos, y se quedaban al fin y al cabo en sensaciones, en ansiedad, en deseo, en una visión de futuro que de tan múltiple no podía sino quitar el sueño. Y los protagonistas de la revolución eran, además, muy jóvenes, los muchachos, chavalos menores de edad a la cabeza de centenares de combatientes tan jóvenes como ellos. La liberación de León sólo se había resuelto tras rudos combates, calle por calle, bajo el bombardeo de los aviones, y en medio del incendio de manzanas enteras; y Dora María Téllez, que sólo tenía veintidós años, al mando de una tropa de adolescentes había sacado de todos sus reductos a la Guardia Nacional, hasta hacer huir del Cuartel Departamental al General Gonzalo Evertz, el temible Vulcano, protegido entre niños y mujeres que tomó de rehenes para llegar hasta el Fortín de Acosasco, de donde sería expulsado también después; y ni siquiera veinticinco años tenía el Comandante Francisco Rivera (El Zorro), el héroe de la liberación de Estelí. En una foto de ese día, que alguien tomó al azar, yo aparezco abrazado a varios guerrilleros, entre ellos el Comandante Elías Noguera, el lugarteniente más inmediato de El Zorro, con su sombrero de ranger al sesgo sobre los rizos oscuros, el barbiquejo amarrado a la barbilla. El se ve flaco, y yo me veo flaco y peludo, un cabello de semanas sin cortar, el ancho cinturón de baqueta sosteniéndome los bluyines; y sumada al grupo, sonriente, también abrazada a nosotros, está una mujer del pueblo, muy pobre, el pelo abundante revuelto en greñas, en su blusa una escarapela improvisada, dos trozos de tela arrancados quién sabe de qué vestidos viejos y cosidos para formar la bandera sandinista, la bandera que Sandino había levantado por primera vez en las montañas de las Segovias al empezar su guerra contra la intervención extranjera en 1927; y el rostro de esa mujer, en el contraste de la foto en blanco y negro, al verla ahora, tiene la majestad que sólo la historia pone a los rostros, y que parecen más contemporáneos mientras más se alejan. (De Adiós Muchachos, libro que será presentado este viernes 16 de Julio a las 7:00 P.M. en el Palacio de la Cultura, en Managua). Compartir:
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