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  El Nuevo Diario
  Sábado 13 de Febrero de 1999 | Managua, Nicaragua
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El más reciente aporte a la farmacopea nacional
¨Plantas que Curan¨, de Alejandro Floripe y Vilma Altamirano


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Desde la “Tierra de la Taguzgalpa”, Estelí, como se enorgullece en proclamar mi amigo y veterano periodista José Floripe Fajardo, su hermano Alejandro y Vilma Altamirano han incursionado en el vasto territorio de selva húmeda tropical --de la que va quedando cada vez menos-- en los municipios de Río Blanco y Paiwas, en una tesonera búsqueda y rescate de la medicina popular, instrínsecamente vinculada al quehacer de las comunidades más empobrecidas y desposeísdas del país. Esa búsqueda los ha llevado a destilar en su emprendedor alambique de creaciones populares su obra más reciente: “Plantas que Curan”.

Si bien “Plantas que Curan” no es algo que a estas alturas pudiera catalogarse como “pan recién salido del horno” (fue impreso por Imprimatur en Septiembre de 1998), sí es de esos panes que por su naturaleza no enmohecen y que, como el vino, más bien madura con el tiempo.

En la presente publicación de la Fundación Nicaragüense de Promotores de Salud Comunitaria (CECALLI), los autores, Alejandro Floripe y Vilma Altamirano, dedican las 167 páginas de su contenido al rescate de las plantas medicinales y de la medicina popular tradicional en Nicaragua. Aunque pretenden imprimirle un nuevo enfoque como “punto de partida hacia la conservación de la biodiversidad”, lo cual es correcto y necesario, su cordón umbilical los ata a la raigambre popular y al enfoque práctico sobre el conocimiento y uso de las plantas medicinales, en una de las porciones más olvidadas de la geografía nacional, como son Paiwas y Río Blanco.

Es más, desde el punto de vista metodológico nos recuerdan las enseñanzas que en materia de educación popular dejara indeleblemente grabadas la Cruzada Nacional de Alfabetización (si no es así que me corrijan). La misma técnica de investigación con participación comunitaria fue utilizada, evidentemente, entre “curadores”, parteras, “pulseros”, “espiritualistas”, “yerbateros”, “hueseros”, “sobadores” y otros tantos practicantes especialistas o generalistas de la medicina popular tradicional.

Aparte del necesario proceso de recabar información y realizar las colectas botánicas de rigor (286 espécimenes y 345 recetas se menciona en la obra), es interesante el híbrido que resulta al ejercer la alquimia de lo popular con lo científico, y el esfuerzo que se hace para asociar las plantas con los males que éstas combaten a partir de las respectivas recetas. De repente el lector se encuentra con toda una diversidad de plantas para hacer frente a una misma dolencia. Así, por ejemplo, se mencionan no menos de cinco especies para salirle al paso a las mordeduras de serpientes venenosas o al temible Mal de Chagas.

En las 61 fichas sobre especies de plantas que son descritas con sus correspondientes ilustraciones gráficas, a la par de hacerse referencia a los principios fitoquímicos activos que le confieren las respectivas propiedades medicinales, siempre se orienta sobre qué parte de la planta utilizar, cómo prepararla, usarla, con qué dosificación y durante cuánto tiempo.

Una información en la que difícilmente se perderá algún promotor de salud o usuario que decida echar mano de este valioso instrumento que sustenta su prestigio en la tradición y la naturaleza.

Así, quien desee saber qué planta puede utilizar para neutralizar los efectos de una mordedura de serpiente, allá donde los sueros antiofídicos no son conocidos ni en el diccionario, ahí está el Bejuco Caribe (Mikania micrantha).

Si el padecimiento es lepra de montaña (leishmaniasis), puede recurrir al mismo Bejuco Caribe o bien a la Hierba del Diablo o Colochito de Angel (Clematis dioica, como mejor prefieran llamarle). Para combatir enfermedades venéreas y renales, está la Caña Agria (Costus pulverulentus); para el asma, las cáscara del árbol de Cedro (Cedrela odorata); y para las calenturas, conjuntivitis, espasmos musculares, infecciones de la boca y los ojos, nada mejor que... las flores de las rosas (Rosa sinensis) que se cultivan en el jardín...

A la extensa lista se suma casi de todo, desde lo forestal maderable hasta lo culinario y ornamental. Aquí van desde árboles como el Cortés, Madero Negro, Roble y Guapinol, hasta los “pelitos” o pistilos de los elotes, los dientes de ajo, las cebollas, yerba buena, chayotes (o “chayas” como le llaman en el norte), y otras “malas” yerbas muy comunes y corrientes en los campos baldíos y bordes de los caminos, como la Escoba Lisa, el Chan, Lavaplatos, Verbena y Escobilla.

“Plantas que Curan” es la continuidad del trabajo realizado hace ya varios años por Alejandro Floripe, ahora desde CECALLI antes desde ISNAYA, junto con otros estudiosos del tema como el Dr. Uriel Sotomayor. A su vez es la continuidad natural de otras obras como “La Medicina Indígena Precolombina” de Alejandro Dávila Bolaños y, si se prefiere, desde la Independencia, pues encuentra también su tronco genealógico en el estudioso de la farmacopea nicaragüense y Prócer de la Independencia, Don José Cecilio del Valle.

“Plantas que Curan” es una motivación para seguir hurgando en la etnobotánica nicaragüense como refieren sus autores, pero también para ahondar en esa parte de nuestras raíces culturales a la luz de la ciencia moderna y de una práctica en la que la medicina naturista está un millón de veces más cerca de los sectores populares que de los elaborados productos farmacéuticos que, de todas maneras, inevitablemente recurren a esta nuestra “flora medicinal” como insustituible ingrediente para preparar sus menjurjes impecablemente rotulados y envasados al vacío.


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