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| Jueves 30 de Diciembre de 1999 | Managua, Nicaragua |
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Más que por un pacto eterno y secreto con la literatura,
Isabel Allende escribe por pasión. No se atormenta, como otros
escritores, cuando camina por la ciudad sin encontrar una
nueva historia para compartir con sus lectores.
Entonces disfruta de la vida hasta encontrar la materia prima de su próximo libro en una noticia de periódico. La descubre a veces en conversaciones con amigos, con desconocidos, o en las cosas que ve en la calle. La literatura, para ella, es una fuente de placer, no un motivo para mortificarse. El privilegio de contar con un puñado abundante de lectores leales radica en su falta de prejuicios a la hora de escribir. Está al margen de las interminables polémicas sobre la estructura de la novela a las que suelen entregarse los narradores, a veces en jornadas que conducen a la autopromoción. "Me aburre notablemente la parte académica de la literatura. El descuartizamiento del texto para volver a pegarlo como un embalsamador. Me aburre la crítica, el cuento que se cuentan los escritores para darse bombo, para echarse flores unos a otros y confundir al público con grandes palabras largas sobre el tormento de la escritura, el metatexto", asegura. En ese sentido, la narradora chilena es democrática e indulgente con sus lectores. Su mayor deseo es idéntico al del hombre y al de la mujer común que esperan el libro humeante salido de la editorial, que le cuente algo extraordinario. Rebelde, reacia a las poses almidonadas de escritor, Isabel Allende es como una hereje dispuesta a pagar las culpas de su irreverencia. Su concepto del narrador y la literatura se estrella con la tradición, al punto de que considera el libro un objeto cuyo valor reside en una relativa perdurabilidad. "La única ventaja que tiene el libro es que queda. Permanece en el tiempo. Y si tienes mucha suerte, dentro de 10 años alguien lo va a leer", sostiene. Aunque el camino de literatura ha disminuido su nombre por todo el planeta, Allende extraña el periodismo, como si a veces quisiera volver a los días, en que se levantaba con el alba y salía a la calle a conquistar Chile con una agenda y un bolígrafo. El periodismo le sirvió para ver el mundo con ojos particulares. Lo empleaba para participar en la vida junto a sus compatriotas, entonces creía poder cambiar, con sus herramientas, el rumbo de las cosas, transformar el entorno tocando las puertas para formular preguntas que nadie se atrevía a hacer. Su respeto singular por el periodismo radica, además, en que el oficio le ha proporcionado las vías para llegar a algunas de sus historias y convertirlas en novelas, como un amigo íntimo y confidencial que la guía por los caminos misteriosos de la creación literaria. El personaje de Rolf Café, en Eva Luna, empezó a dibujarlo tras una conversación con un señor en una cafetería de Hamburgo. Las señas, los datos para la arrancada, los anotó en una servilleta de papel. Llegó a casa y metió la servilleta en la computadora. Isabel Allende siente un respeto innombrable por los poetas, al extremo de que se angustia cuando descubre que pueden decir en 60 palabras lo que le consume a ella 600 páginas. Sin embargo, Pablo Neruda es el único poeta a quien lee. Se enfrenta a las páginas de su contarráneo por necesidad: para recuperar los nombres de los árboles de su tierra, las frutas, para sentir el aceite, la cebolla y el caldillo de pescado. Es decir, razones prácticas, no poéticas. Lo importante para Isabel Allende es escribir, no decepcionar a ese hombre que, frente a los estantes donde están sus libros, mete su mano en el bolsillo con la esperanza de disfrutar la historia que le contará. Con ese impulso ella se sienta a la computadora. Lo demás es secundario. Compartir:
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