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  Jueves 19 de Agosto de 1999 | Managua, Nicaragua
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¡Que las polkas y las mazurcas nunca se terminen!

Oscar Cantarero Altamirano

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Era la Jinotega helada y brumosa de 1969, antes que el enorme espejo de sesenta kilómetros que es Apanás, cambiara radicalmente su clima y sus costumbres. Todos los domingos, los campesinos bajaban, golpeados de granizo y frío a la limpia ciudad. Título de bisagra: Música de violines, acordeones y guitarras

Después de vender plátanos, hortalizas y verduras, traídas en unas estridentes carretas jaladas por bueyes, hacían un alegre círculo de cantos y saludos en La Radio Colinas que estaba junto a mi casa en la calle del centro. Los lamentos quejumbrosos, junto a la música de violines, acordeones y guitarras, llenaban la cuadra. Por ese motivo, amigos y artistas se reunían en mi barbería donde también estaba la sede de nuestra Asociación de Amigos del Arte, para disfrutar las bulliciosas declaraciones de amor a mujeres campesinas, montes y quebradas.

LOS NIETOS DE LOS INMIGRANTES Culpable de nuestro entusiasmo por lo vernáculo, fue sin duda La Perra Renca, de Oscar Gutiérrez, que don Salvador Cardenal había difundido hacía muchos años internacionalmente como mazurca anónima. Cedrik Dalla Torre era para entonces, un inquieto muchacho que no se decidía todavía por acompañarme a atrapar imágenes o perseguir solitario la huella con raíces Back Country, de Elvis Presley. Nuestra amistad fue la continuidad de la de nuestros abuelos inmigrantes, el suyo italiano y el mío alemán. De todo el grupo, fue Cedrik quien mayor interés mostró por las particularidades de las mazurcas segovianas que los campesinos interpretaban intercaladas con corridos mexicanos. LOS SOÑADORES DE SARAWASCA Fue por entonces que conocimos a unos personajes de Macondo. Eran unos artistas campesinos víctimas de la ceguera nocturna, ese triste mal producido por falta de vitaminas, y por el abandono histórico a que ha estado sometida nuestra pobre gente de los llanos del norte nicaragüense. Esos cieguitos eran Los Soñadores de Sarawasca. Epifanio López era ya reconocido como el mejor bordoneador, sextoneador o bajista de la música regional nicaragüense; y Ceferino López, galán y enamoradizo, con un enorme acordeón, traje formal azul y elegantes anteojos italianos, hacía las veces del relacionista público de aquel cuarteto de hermanos ciegos.

Llegaron la primera vez a nuestra Asociación para ensayar con entusiasmo los acordes instrumentales de lo que sería la más conocida de sus mazurcas: La Flor de Pino. Posteriormente, se hizo una agradable costumbre que brindáramos emocionados cada vez que tenían una melodía de estreno. Supimos entonces que el violín mico repercutía burlón en nuestros estómagos, porque sus cuerdas eran hechas con tripas de gato. Supimos también que Juan Blandón Valle y otros humildes carpinteros que hacían molenderos, puertas de golpe, tapescos o cualquier rústico accesorio doméstico en el Horno, Los Chagüites y Tomatoya, eran los mismos artesanos que hacían los virtuosos violines de talalate y las sonoras guitarras cobadas que los Soñadores ejecutaban magistralmente. Fueron Los Soñadores de Sarawasca con ayuda de Carlos Mejía Godoy, quienes proyectaron a festivales vivos el género mazurca, que repite en periodos cíclicos de cinco por cuatro el etéreo y límpido sentimiento del hombre enamorado en los llanos del norte nicaragüense.

Después de Los Soñadores, fue Don Felipe Urrutia, un Quijote de sombrero empalmado de los valles de La Tunosa, Estelí, quien en los ochenta logró que la mazurca fuera llevada junto a la danza blanca del norte, hasta los teatros de varias partes del mundo. Encontró apoyo para eso en la Sra. Dinora Parrales y en el excelente coreógrafo Alejandro Cuadra.

EL VIOLIN DE TALALATE Aquel hombre alto y seco cual viejo árbol de canelo, abandonó su oficio de arriero por los olvidados caminos carreteros, para asumir el cargo itinerante de embajador-jilguero de todos los músicos y poetas de las regiones comprendidas desde las impresionantes mesetas de Sébaco, los deslaves de La Trinidad, El Sauce, las montañas del Tisey, hasta los calientes llanos de La Tunosa, Estelí, donde reside el diplomático don Felipe Urrutia y Sus Cachorros.

El violín es un instrumento con el que es posible expresar romanticismo lírico o agitada violencia... Pero, mientras la guitarra, el acordeón y la mandolina tienden a fundirse en las melodías, el violín no se subordina a ningún instrumento, más bien exige ser acompañado. Los estudiosos suponen que este instrumento, considerado de nobleza por su elevado costo, es incorporado en la mazurca segoviana no con pretensiones aristocráticas, sino para llenar la necesidad de mantener el júbilo en el chojín. Para muchos, su fabricación no es más que un simple asunto de acústica y carpintería, pero para otros: "Un violín es fruto de la inspiración. Es un alma encarnada en madera", afirman. Hacerlo es complicadísimo. Para elaborar su vientre, se requiere madera de abeto o arce.

En Jinotega, a falta de ellas, era elaborado con el dulce y resonante talalate. Sin embargo, con gran pena comprobamos que por falta de políticas de protección cultural, su fabricación fue interrumpida hace muchos años. Luis Urrutia, hijo de don Felipe, ejecuta con uno de fabricación japonesa. Pero, aunque es caro, no logra imprimir a las mazurcas el timbre indómito de jolgorio que regalaba al espíritu, nuestro inolvidable violín de talalate.

LA MAZURCA: PLEBEYA E IRRESISTIBLE En verdad, lo único común entre una mazurca europea y la nuestra es su célula rítmica que imprime pequeños saltos al baile, algo que no era bien visto por las costumbres elegantes de la corte europea que, como recordaremos, bailaban en dos filas, saludaban, daban un pasito mecánico y nada más. La alegre y sensual saltadera de la mazurca era una costumbre casi tribal adoptada sólo por la plebe. Sólo el polaco Chopin se permitía la libertad de abandonar la interpretación de un elegante vals, en su magnífico piano, para tocar mazurcas o polonesas. Esto se le permitió a él en los palacios, solamente porque era el Gran Don Federico. Esto nos viene a dar indicadores de que los pioneros que vinieron a colonizar y adueñarse de grandes extensiones de tierra, para sembrar cafetos, eran en su mayoría aventureros que venían a buscar ventaja en abierto plan de dominación a nuestra América de promisión. Nadie he encontrado pistas de músicos o grandes artistas, ni siquiera en plan de visitantes por nuestras provincias. En todo caso, por incultos que hayan sido los colonos, trajeron lo que de popular era conocido por ellos, que fueron polkas y mazurcas. La mazurca representa, pues, la sensibilidad de la colonia alemana de finales del siglo XVIII, adaptada a la cosmovisión y particulares sentimientos de nuestras hermosas abuelas de Jinotega y Estelí, quienes se vieron imposibilitadas a desperdiciar tan novedosos atributos, estableciendo con ellos relaciones de índole sentimental. Además de lo amoroso, quedaron retratados desde esa época, en música y baile, los nombres e imágenes de flora y fauna para expresar el conmovedor y respetuoso acercamiento del campesino a la naturaleza: La Chancha Flaca, El Jocote, Machetito, El Zopilote Tuerto, La Pulga, La del Sombrero, etc.

LOS JOVENES Y LA TRADICION En la actualidad, Cedrik ha conseguido que las cátedras universitarias se abran para importantes investigaciones de polkas, mazurcas y jamaquellos en los valle de Tomatoya y Sarawasca. Cedrik, además de narrador e investigador cultural, es el fecundo compositor de más de un centenar de magníficas mazurcas instrumentales y cantadas. Ceferino López Herrera nos definió una vez la técnica rítmica en que está elaborado el jamaquello como "Lo que se está haciendo y nunca se termina"... Algo similar a la interpretación oriental del movimiento universal o al éxtasis idílico, creador de vida, entre el Sol y la Tierra. Ojalá que la acuciosidad y memoria histórica de nuestros jóvenes siga moviéndose con la gracia natural que se bailan mazurcas, polkas y jamaquellos, géneros cíclicos rescatados en el tiempo por el hierático don Felipe Urrutia, el visionario Ceferino López, y mi viejo amigo, el investigador cultural Cedrik Dalla Torre.

Managua, agosto de 1999. Fotos: archivo Oscar Cantarero Altamirano
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