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  El Nuevo Diario
  Viernes 13 de Agosto de 1999 | Managua, Nicaragua
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La rebelión de los pintores

Alejandro Cerrano Caldera
Managua

Según entiendo a partir de lo leído en diferente medios de comunicación, un grupo de pintores y pintoras nicaragüenses se han rebelado no tanto contra "vuelo", la obra premiada en la Segunda Bienal de la Fundación Ortiz-Gurdián, de la artista Patricia Belli, sino contra la actitud del jurado de establecerlo posmoderno y efímero como criterio predominante de calidad, en detrimento de otros valores irreferentes como el color, la identidad y el arraigo en la tradición propiamente nicaragüense.

Mi propósito no es juzgar a los juzgadores, ni a la obra de Patricia ni a las razones o sin razones de los disidentes, ni mucho menos establecer criterios de valor sobre la superioridad o inferioridad de lo postmoderno sobre lo moderno, ni evaluar paradigmas de una u otra escuela de arte, ni siquiera de una u otra etapa cultural civilizatoria que separa según algunos, como parteaguas, una época de otra.

Mi intención no es otra que la de señalar la importancia que para la pintura nicaragüense y, agregaría, para todo el país, tiene el debate de las ideas y la reivindicación de unos conceptos y valores sobre otros a partir de argumentos y puntos de vista, principalmente de estos últimos tratándose de pintura, y no de juicios inapelables, y herméticos que han alimentado toda suerte de intolerancia y nos han caracterizado como prototipos de irreflexión e intransigencia, sin desconocer por ello las muchas virtudes que adornan al pueblo nicaragüense.

De alguna manera podría ser éste una especie de debate experimental que sirva de referente a otro que urgentemente necesita el país sobre todo los campos de la vida nacional, una especie de viento de fronda que refresque el ambiente saturado de pasiones e irracionalidades que nos impide dialogar, pues no se dialoga se insulta, no se debate, se descalifica a través de epitafios morales que tratan de sellar la muerte moral de las personas y perpetuar el exilio de las ideas.

Creo que esto lo necesita Nicaragua con urgencia. Aprender a debatir es un arte civilizador que requiere no solo dominio del tema sino un considerable grado de madurez. Posmoderno, modernos y Fardomodernos, para usar el término de Jurgen Habermas, en medio de nuestra premodernidad económica, social y política, debemos aprovechar esta oportunidad para hacer de nuestras diferencias un motivo de enriquecimiento intelectual y espiritual recíproco cualquiera que sea nuestra ubicación ideológica, cultural o artística, recordando que es muy difícil que en la historia humana (que no es historia sagrada), existan verdades absolutas y definitivas.

Creo que hay algunos puntos que quizás, valdrían la pena tener en cuenta en este debate. No hay que olvidar que la Posmodernidad es considerada por los propios posmodernos "como el momento contemporáneo (de 1960 a hoy) al interior del cual se efectúa una dinámica de transformación cultural, a fin de adaptar nuestras sociedades a la conmoción profunda engendrada por el desarrollo fulgurante de la tecnociencia "(Yves Boisvert - Le Monde Postmoderno).

La Posmodernidad, de alguna manera significa el declive del modernismo artístico y de las vanguardias, sin excluir por supuesto las vanguardias en el arte. Ferene Fehert, citado por Boisvert, afirma que la postmodernidad representa un momento importante en la desacralización del arte, la actividad artística viene considerada de ahora en adelante, como una actividad entre otras. Los artistas e intelectuales, a decir de Zygmun Bauman (Modernity and ambivalence), se han tenido que adaptar a la nueva coyuntura aceptando a jugar, de ahora en adelante, el simple rol de intérpretes o de hermeneutas de la contemporaneidad (Boisvert, ob, cit).

Sin entrar a un Juicio de valor, y al margen ya del premio y criterios de escogencia para exponer en la Segunda Bienal, quisiera, no obstante, dejar planteadas algunas preguntas con las que yo mismo con frecuencia me interrogo: ¿una obra de arte vale por la escuela a que pertenece o tiene un valor intrínseco a pesar de su heterodoxia? (o de su ortodoxia y tradicionalismo) ¿Debe ser el "nacionalismo" un criterio válido para juzgar una obra de arte o de cualquier tipo que ésta sea? ¿Debe ser la moda de las corrientes en boga el criterio predominante? ¿No se corre el riesgo, en cualquiera de las dos situaciones mencionadas, de caer en el chovinismo, en un caso, y en el snobismo en el otro?. ¡Son incompatibles las visiones fragmentarias postmodernas y sus criterios de desconstrucción, con las raíces culturales y la identidad? ¿ Es posible algún tipo de integración, de Unidad en la diversidad?

Cualesquiera que sean las preguntas y sus posibles respuestas pienso que es saludable el debate, siempre y cuando sea una reafirmación de la libertad creadora y no una reproducción mecánica de modas y criterios en boga sean éstos modernos o postmodernos, efímeros o con pretensiones de eternidad. En todo caso, será provechoso, siempre y cuando no lleve a divisiones pasionales, maniqueas y ciegas, y, por el contrario, sea expresión de la búsqueda constante de las verdades históricas (aunque parciales y temporales) necesarias para llevar la existencia con dignidad y esperanza.


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