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| Jueves 5 de Agosto de 1999 | Managua, Nicaragua |
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Ocurrió lo inesperado, en el triste fin de un romance senil entre una dama de 53 años y un señor de 69. El cadáver de ella fue retirado por un hijo que se lo llevó lejos, mientras su amado quedó llorando, ansiando verla por última vez.
La historia de doña Paula Calero Tercero y don Venancio Baquedano Martínez estuvo matizada por un sentimiento tan intenso, que los obligó a abandonar sus familias, propiedades y parejas respectivas, para unirse profundamente, en enero de este año. UN AMOR SIN LIMITES Ambos residían en San Carlos, Río San Juan, en sus respectivas fincas, y en agosto del año pasado se enteraron que estaban perdidamente enamorados uno del otro. El viajó a Managua, cuando el esposo de ella descubrió sus relaciones amorosas, pero doña Paula no resistió la separación y en menos de un mes ya estaba a su lado, en una casa a medio construir que don Venancio cuidaba. Hicieron realidad su romance, sin importarles su edad, los prejuicios sociales o la furia del marido de doña Paula, que vino a Managua para amenazarlos. Eran un par de tórtolos inmensamente felices, en medio de las privaciones económicas que les imponía su medio de vida: la recolección de materiales reciclables, como papel, botellas de vidrio, plástico y metal. Los vecinos fueron testigos de ese amor maravilloso que hasta inspiraba envidia y al momento en que la muerte sorprendió a doña Paula, el martes de la semana pasada, apoyaron a don Venancio, como su único viudo. Sin embargo, la sinceridad de don Venancio cobró un precio muy alto, ya que él dijo a los médicos que atendieron a la moribunda, que ella era casada con otro señor y que tenía sus hijos en Río San Juan. Los galenos dispusieron que sólo a esos familiares entregarían el cadáver. Así fue como don Venancio envió mensajes a la radio Trópico Húmedo, de San Carlos, en los que avisaba sobre la muerte de Paula. Mientras tanto, él gestionaba la donación de un ataúd y del terreno en el cementerio, para darle cristiana sepultura. Pero cuando llegó el sábado a la morgue del hospital Lenín Fonseca, con todos los requisitos para llevarse el cadáver, le informaron que ya lo habían entregado desde el día anterior, a Pedro Carrasco, un hijo de doña Paula, quien se la llevó a Río San Juan. Don Venancio sintió que el mundo se le derrumbaba y el único consuelo que encuentra es celebrar el novenario por el descanso eterno del alma de su compañera. Eso lo está haciendo también gracias a las donaciones de vecinos y conocidos que saben de su drama. Este señor se siente el verdadero viudo de doña Paula y jura que jamás sintió un amor como el que le inspiró ella. Por desgracia, ni una sola fotografía de su señora le quedó, y tampoco se aferra a sus pertenencias, por lo que espera que algún familiar llegue a retirar la ropa, unas prendas y un radio pequeño propiedad de la difunta. Este viernes se realizará el fin de novenario en la casita donde vivieron felices unos meses, en Acahualinca. Si algún conocido de don Venancio quiere ayudarle, él le solicita que sea donándole desperdicios reciclables, ya que no acepta dinero. Compartir:
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